Colegio "Externado de San José"

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Columnas ESJ

Rolando Ernesto Herrera

Coordinador académico de secundaria


* Las ideas aquí expresadas reflejan la opinión de cada autor y no necesariamente derivan en actos o disposiciones institucionales, las cuales se toman en forma colegiada.




Abriendo los ojos al entendimiento

En un artículo anterior señalé la importancia que la aproximación de los estudiantes a la realidad tiene en las instituciones educativas de la Compañía de Jesús, -sea dicha realidad de naturaleza social, económica, política o medioambiental- enfatizando el hecho de que dicho acercamiento es en definitiva una aproximación al rostro del Dios operante, siempre activo y totalmente vigente que se manifiesta en la historia. Pretendo ahora dar un paso adelante y profundizar en este modo de proceder, a partir de la siguiente interrogante: ¿qué debemos de tener en cuenta al momento de allegarnos a la realidad, junto con nuestros alumnos y alumnas, para que dicha experiencia sea significativa e impela acciones posteriores?

A Pedro Arrupe le debemos la reformulación del objetivo de la educación de la Compañía, como “la formación de hombres y mujeres para los demás”. Dicho objetivo resume de manera brillante y creativa el ideal cristiano de la educación que las instituciones de inspiración ignaciana buscan promover. Sin embargo, debemos cuidarnos de vaciarlo de su profundo significado espiritual, tanto como de sus acentuadas implicaciones pedagógicas, hasta transformarlo en una frase hueca carente de sentido.

El significado de la frase es vasto. Se trata de que los estudiantes vean más allá de sus circunstancias inmediatas, perciban la bondad y la maldad que hay en la realidad que los circunda, se conmuevan con el dolor ajeno y a la vez, se comprometan a cambiar dichas circunstancias, a fin de lograr un mundo más justo y más humano. Ya lo decía Sir Robert Baden Powel, fundador del Movimiento Scout Mundial: “ningún hombre puede ser llamado educado, si no tiene una buena voluntad, un deseo y una capacidad entrenada para hacer su parte en el trabajo del mundo”. He allí lo más importante.

La ruta así trazada pasa por la formación de convicciones cristianas y humanas bien arraigadas y de raíces profundas, de manera que no se agoten cuando el sol arrecie ni se ahoguen cuando crezcan los abrojos, cometido que, como resulta lógico, no corresponde únicamente a la escuela. Diseccionar una convicción, como si se tratara del estudio anatómico de algún espécimen vivo, resulta tarea compleja, pero de gran provecho para comprender, al menos de manera rudimentaria, qué podemos hacer como educadores para fomentarlas y para entender el mecanismo interno que nos empuja a actuar en coherencia a lo que creemos en nuestro fuero interno.

Lo primero que salta a la vista es el origen etimológico del término: convicción procede del latín “convictio” y se traduce como un convencimiento, es decir, como una idea fuertemente arraigada, pudiendo ser de naturaleza religiosa, ética e incluso política. A mi entender, una convicción –un convencimiento como está dicho – se constituye de varios niveles. El primero de ellos se desarrolla a nivel puramente intelectivo y se constituye de ideas, conceptos, premisas e intuiciones racionales. Un segundo nivel es imitativo, se nutre del ejemplo y de la práctica continuada, es decir, de la experiencia. Un último y tercer nivel es emocional y conecta con los sentimientos y la emotividad.

Los tres niveles así descritos no son espontáneos, sino que crecen y se perfeccionan a lo largo de los años de manera informal y formal, por los estímulos que brinda el hogar, la escuela y la sociedad en su conjunto. Se interiorizan de manera consciente e inconsciente sobre todo en la infancia en la cual, los adultos que nos rodean juegan un fundamental y condicionante papel.

Ilustremos lo anterior con un ejemplo. La higiene personal es una convicción fuertemente arraigada en la mayoría de las personas, que se fija progresivamente transitando estos niveles. Desde pequeños se nos informa de la existencia de bacterias y gérmenes a nuestro alrededor. Más adelante, ya en la escuela, se nos enseña de manera sistemática los nombres de estos microorganismos, su estructura y forma de reproducción, así como el nombre de las diferentes enfermedades que provocan. Junto con este bombardeo de información, por medio del ejemplo y la práctica, aprendemos la forma adecuada de bañarnos, de lavarnos las manos, los dientes, de arreglarnos el cabello, de preparar los alimentos, etc. Como si todo esto no bastara, se nos sacude emocionalmente de manera continua, intimidándonos con los padecimientos a que nos exponemos por no lavarnos las manos, la burla de la que seremos objeto por no bañarnos, lo feo que lucirán nuestros dientes con caries: un interminable discurso que apela a nuestra estima personal o a las relaciones que establecemos con los demás.

Los niveles de las convicciones o convencimientos antes detallados, nos brindan pistas de la manera en la que debemos aproximar a nuestros jóvenes a la realidad, de forma tal que dicho acercamiento sea efectivo y forje en ellos el tipo de convicciones cristianas y humanas que los transformen en “hombres y mujeres para los demás”. Primariamente, el acercamiento debe ser racionalmente potente, sirviéndonos de la riqueza de las ciencias humanas y sociales con el fin de que éstas apuntalen en el ámbito conceptual y científico, los diversos aspectos –equitativos, justos o injustos e incluso grotescos – del mundo al que pertenecemos. Se trata que ellos y ellas también dominen teorías, hipótesis, cifras y estadísticas que sustenten estos hechos, brindándoles carácter de certeza.

En segundo lugar, es menester que los educandos vivencien esa realidad, la palpen, entren en contacto con ella de manera directa e indirecta. Esta aproximación no siempre se realizará “in situ” como resultará obvio, pero ya sea mediante documentales, foros testimoniales, mesas redondas o conversatorios, habrá que llevar la realidad al aula. Las experiencias de campo son verdaderos libros abiertos de aprendizaje significativo, innovador y activo cuando se acompañan de una posterior reflexión y la guía cercana del maestro.

Finalmente, será preciso pulsar los sentimientos y las emociones, de manera que nuestros jóvenes aprendan a conmoverse con lo que ocurre a su alrededor. No basta con entender racionalmente los hechos. Debemos ser creativos en procurar formas que conecten con los sentimientos y apelen a la inteligencia emocional, que en definitiva es la que tiene que ver con la manera como las personas conocen y controlan sus emociones, motivaciones y energías para influir positivamente en el mundo que los rodea. A las definiciones, conceptos y estadísticas; a los hechos históricos o las noticias de actualidad debemos ponerles rostro humano.

Cabe agregar un detalle importante. Algunas convicciones pueden provenir directamente de Dios, son una gracia divina, como las visiones o arrebatos místicos de origen sobrenatural. Los psicólogos modernos consideran que las mismas son fruto de un tipo de inteligencia poco común, denominado inteligencia intuitiva. Una experiencia de este tipo es referida por San Ignacio de Loyola en su ya conocida iluminación del Cardener.

El Cardener es un río de mediano caudal que cruza Manresa, ciudad ubicada en el corazón de Cataluña. Nace en Port del Comte, en el prepirineo catalán y tiene su desembocadura en el río Llobregat, en el Mediterráneo. El afluente está rodeado de encinos y robledales y en sus márgenes abundan los chopos, álamos, sauces, olmos y fresnos. No es difícil imaginarse a Ignacio de Loyola, una mañana de hace unos quinientos años, caminando junto al río, en dirección a la iglesia de San Pablo.

Habiendo recorrido ya un buen trecho y atravesado algunos campos de cultivo, viñedos y olivares, Ignacio decide descansar un rato frente a la corriente. El reflejo de la luz del sol en las cristalinas aguas sosiega su espíritu, mientras que la brisa mañanera le da de lleno en el rostro. Y entonces ocurre... Ignacio reconoce a Dios en esa brisa suave, no en el fuerte viento, en un gran terremoto, ni en el fuego ardiente. Estando allí sentado “se le empezaron abrir los ojos del entendimiento”, como él mismo lo refiere en su autobiografía, no en forma de una visión sobrenatural, “sino entendiendo y conociendo muchas cosas, tanto de cosas espirituales, como de cosas de la fe y de letras”.

Por lo tanto, para cimentar convicciones cristianas y humanas férreas y perdurables, propias de personas preocupadas por los demás y deseosas de construir un mundo más justo, esforcémonos por trabajar la mente y el corazón de nuestro jóvenes, tanto como de procurar experiencias directas o indirectas significativas. El resto, dejémoselo a Dios, que sabrá abrir los ojos del entendimiento a cada uno, cuando lo considere más oportuno y según su voluntad.

 

La afirmación de la realidad en la educación de la Compañía de Jesús

La aproximación a la realidad es un hecho fundamental en la pedagogía promovida por toda institución educativa dirigida por los jesuitas. Así se desprende de la primera de las Características de la Educación de la Compañía de Jesús, cuando se insiste en afirmar la realidad del mundo. Para Ignacio de Loyola, Dios es la realidad absoluta y todo lo demás adquiere sentido únicamente en la medida en que nos conduce a Él. En este sentido, es responsabilidad de los maestros y de la comunidad escolar en su conjunto, promover entre sus estudiantes la búsqueda de la presencia, las más de las veces recóndita, del Creador, en la urdimbre de acontecimientos que nos rodean. Ningún hecho queda así excluido de este abanico de manifestaciones, puesto que, en la misma línea en que se expresa San Pablo en la Carta a los Romanos, debemos reconocer que “todo viene de él, ha sido hecho por él y ha de volver a él”.

Pretendo en el presente artículo bosquejar algunas líneas fuerza que nos ayuden a entender el énfasis que la educación ignaciana brinda al análisis de la realidad y explicar, a partir de la experiencia del propio San Ignacio, el rudimento del que se nutre la característica antes descrita.

No cabe duda que en Ignacio de Loyola habitaba, desde el comienzo de su peregrinar, un profundo sentido pedagógico. Sólo así se explica su metódica costumbre de anotar sus experiencias en un pequeño libro, con la intención confesa de que dichas experiencias pudieran ser útiles a otros, llamados a recorrer su mismo itinerario espiritual.

Es de estas anotaciones, en un primer momento desorganizadas y sin estructura definida, de donde sobrevendrán luego sus Ejercicios Espirituales, ese compendio de meditaciones, oraciones y ejercicios mentales que se arraiga, según lo explica el P. Francesc Riera I Figueras, SJ, profesor en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas de Barcelona y Director del Centro de Estudios Cristianismo y justicia, en la tradición más clásica de los padres del desierto. Los Ejercicios retoman como elementos esenciales la relación maestro y discípulo y a la vez, suponen retiro, aislamiento, de forma semejante a la que buscaron los monjes y los eremitas durante el siglo IV, al abandonar el fragor de las ciudades del Imperio Romano.

Con éstos indicios, resulta curioso entonces que la vida de Ignacio diste tanto de la de un anacoreta, alejado del mundo, dedicado por completo a la contemplación y a la penitencia, aunque haya habido mucho de esto en su persona al principio de su recorrido y más exactamente hasta la experiencias vividas en Manresa adonde estuvo casi un año.

Pero así como el mismo Ignacio no es un asceta según la definición estricta del término, tampoco el libro de los Ejercicios Espirituales se aproxima, ni de lejos, a una suerte de Pateriká, esto es, una compilación de lecturas espirituales y apotegmas, como los que, durante la Edad Media, solían leerse a la hora de las comidas en los refectorios de los monasterios. Los Ejercicios Espirituales se afincan en la realidad personal para, desde allí, propulsar al practicante a una dimensión ultra terrena, que termina por iluminar y dar sentido a la primera.

Ignacio fue un hombre de su tiempo y trató de lleno con algunos de los asuntos más espinosos de la época que le toco vivir; tiempos turbulentos en los cuales el imperio otomano se expandía, recién se conocía la bastedad y riquezas de las culturas precolombinas de América, y en Italia y el resto de Europa irrumpía con fuerza el Renacimiento, revitalizando el ideal griego de la belleza y llevando consigo un soplo de humanismo al apolillado Viejo Continente.

Fundamental fue también el papel de Ignacio y de algunos jesuitas, en la Contrareforma, movimiento de oposición a las ideas de Calvino y Lutero. Con sus luces y sus sombras, el papel de la Compañía de Jesús, en las personas de Diego Laínez, Alfonso Salmerón y Francisco Torres fue de capital importancia en el Concilio de Trento, que hacia 1545 convocara Paulo III, al punto que algunos historiadores afirman que fueron ellos los verdaderos ideólogos de dicha asamblea y quienes, a la postre, terminaron imponiendo el espíritu por el que después se le identificaría.

Todo lo dicho hasta aquí nos permite concluir que en Ignacio de Loyola desembocan dos afluentes aparentemente contrapuestos: por un lado, una profunda raigambre espiritual, fruto de la ilustración recibida de Dios mismo en sus primeros años de peregrinaje y por el otro, una vinculación directa con “el mundo”, es decir, con los acontecimientos de su época en donde fue, mucho más que un mero espectador.

La síntesis que Loyola logra de estos dos hechos, queda finalmente plasmada en la que denomina “contemplación para alcanzar amor”, condensada en los numerales 230 al 237 de sus Ejercicios Espirituales. Es allí donde Ignacio nos revela la forma en la que entiende el mundo o a la realidad, para designarla en términos más actuales. Dios habita en las criaturas y en los elementos, está presente en todas las personas y sobre todo trabaja y labora por el ser humano en todas las cosas creadas sobre la faz de la Tierra.

El Dios de San Ignacio se aleja por completo de la imagen de un dios arcano, clandestino e inalcanzable, apenas accesible para algunos privilegiados. Por el contrario, Dios está allí, en los hechos circundantes, en las plantas tanto como en los animales, en el raciocinio, los sentidos y la inteligencia. En definitiva, en la vida misma con todo lo que ésta implica.

Aclarado esto, debemos concluir volviendo a nuestro punto de partida, certificando el hecho que acercar a los estudiantes a la realidad, aproximarlos al acontecer social, económico, político y medioambiental que les rodea es, en definitiva, abocarlos al rostro del Dios operante, siempre activo y totalmente vigente que se manifiesta en la historia.

La labor de los docentes de las instituciones educativas de la Compañía de Jesús, será guiar a los jóvenes en esa búsqueda, mediante el análisis crítico e incisivo de la realidad, a fin de descifrar lo que de ella haya de bondad originándose en Dios, como de perverso y execrable, a causa del mal proceder de los hombres. Sólo así garantizaremos que nuestros egresados sean sujetos de cambio o cómo lo señalara el P. Peter Hans Kolvenbach, anterior Prepósito General de la Compañía de Jesús, individuos “compasivos y comprometidos con la justicia en el servicio generoso al pueblo de Dios”.

Será tarea de posteriores reflexiones determinar la mejor manera de hacerle frente a la inmensa tarea que tenemos por delante: la de aproximar a nuestros jóvenes a su realidad circundante, de forma tal que dicha aproximación cautive en igual medida la razón como los sentimientos e impela a acciones concretas. Es menester reconocer con San Ignacio de Loyola que el amor consiste en actos y no en palabras. He allí una bonita idea para sentarnos una vez más frente al computador e hilvanar nuevos argumentos.

 




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