Cuando cuidar el planeta también es una forma de vivir la fe

La espiritualidad ignaciana nos invita a comprender que cuidar la Casa Común va más allá de las acciones ambientales: implica reconocer nuestra relación con Dios, con los demás y con toda la creación, para transformar la contemplación en un compromiso de vida.

Cuando se habla del cuidado del medio ambiente, suele abordarse este tema desde acciones como reciclar, ahorrar agua o reducir la contaminación. Sin embargo, la espiritualidad ignaciana propone una reflexión más profunda: cuidar de la Casa Común también implica reconocer nuestra relación con los demás, con la creación y con Dios.

Esta perspectiva fue desarrollada por José Ignacio García, S.J., durante un encuentro virtual de jesuitas de España celebrado los días 8 y 9 de octubre de 2020, en el cual se profundizó en la Preferencia Apostólica Universal número 4: el Cuidado de la Casa Común. A través de distintos elementos de la espiritualidad ignaciana, el autor mostró cómo la fe puede convertirse en un vínculo profundo con el mundo.

De acuerdo con el jesuita, uno de los puntos más importantes que debemos tomar en cuenta es reconocer nuestra condición de creaturas. Esto se debe a que vivimos en una sociedad que valora la independencia y la autosuficiencia, por lo que, con frecuencia, olvidamos que dependemos de otras personas e incluso de la naturaleza para sobrevivir. Las recientes crisis ambientales y sanitarias han puesto en evidencia que todos estamos interconectados y que nuestras acciones afectan a quienes nos rodean, sean seres humanos o animales.

Otro elemento que destaca es la Contemplación de la Encarnación como una manera de comprender el amor de Dios hacia el mundo. Desde esta perspectiva, se nos invita a reconocer que la creación no es únicamente un conjunto de recursos, sino una realidad querida por Dios. Por ello, cuidar el planeta no es solo una obligación, sino también una forma de valorar y respetar aquello que ha sido creado.

Asimismo, la Contemplación para Alcanzar Amor propone descubrir que toda realidad puede convertirse en un lugar de encuentro con Dios. En una época marcada por la prisa y la dispersión, esta visión ayuda a desarrollar una vida más integrada, capaz de reconocer la presencia de Dios en la diversidad del mundo y en las experiencias cotidianas.

Sin embargo, la espiritualidad ignaciana no se limita a contemplar la realidad; también impulsa a la acción. Por ello, invita a superar prejuicios y a reconocer las múltiples amenazas que enfrentan actualmente tanto los ecosistemas como las personas.

Finalmente, la espiritualidad ignaciana nos invita a pasar de la contemplación al compromiso. Reconocer el valor de la creación debe impulsarnos a realizar acciones concretas en favor de la vida y del cuidado del planeta. Si comprendemos que toda la creación es un lugar donde podemos encontrarnos con Dios y un regalo que se nos ha encomendado, entonces cada decisión cotidiana adquiere un significado especial.

Ante los desafíos ambientales que enfrenta nuestro tiempo, vale la pena preguntarnos:

¿De qué manera estamos contribuyendo al cuidado de nuestra Casa Común y qué cambios estamos dispuestos a realizar para protegerla para las futuras generaciones?

Por: Gabriela Zimmerman

Estudiante de 2º año de bachillerato