Volver a lo esencial: una defensa de la contemplación en tiempos de cansancio

En una sociedad que nos empuja constantemente a producir, correr y estar conectados, ¿cómo podemos cuidar nuestra salud mental sin convertir el bienestar en otra exigencia?

Hoy día vivimos en una época bastante paradójica: tenemos más posibilidades que nunca en la historia para comunicarnos, informarnos, producir, desplazarnos , conectarnos y acceder a casi cualquier cosa; sin embargo,  pareciera que cada vez nos resulta más difícil estar verdaderamente presentes. Corremos para llegar a lugares a los que, cuando finalmente llegamos, ya estamos demasiado cansados para verdaderamente habitarlos y apropiarnos de la experiencia.

Hablamos de salud mental con una frecuencia inédita. Y claro que es necesario hacerlo. Sin embargo, existe un riesgo: convertir la salud mental en otra tarea más dentro de una sociedad que ya nos exige demasiado. Dormir mejor, hacer ejercicio, meditar, comer sano, gestionar las emociones, ser productivos, desarrollar habilidades, alcanzar metas, mantener relaciones saludables. Incluso el bienestar puede convertirse en una nueva forma de rendimiento.

Es obligatorio en este punto cuestionarnos: ¿qué clase de vida estamos construyendo mientras intentamos conservar nuestra salud mental?

La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha insistido en que la salud mental no equivale simplemente a la ausencia de trastornos. Es un estado de bienestar determinado por una compleja interacción de factores biológicos, psicológicos, sociales, ambientales y estructurales. Las relaciones significativas, el sentido de pertenencia, las comunidades y los entornos seguros forman parte de aquello que protege nuestra salud y lo que sin duda, nos obliga a mirar más allá del individuo aislado.

Humberto Maturana y Francisco Varela introdujeron un concepto muy interesante para referirse a los sistemas vivos (autopoiesis) en el cual describen una propiedad fundamental: su capacidad de producir y mantener continuamente su propia organización. Un organismo vivo no existe aislado; conserva su identidad en permanente interacción con el medio. La vida, entonces, no puede comprenderse únicamente como funcionamiento interno, sino como una relación dinámica entre organismo y entorno.

Esta idea ofrece una metáfora extraordinariamente poderosa para pensar nuestra salud mental.

También nosotros necesitamos condiciones que permitan nuestra propia conservación. Necesitamos vínculos, conversación, descanso, juego, contacto corporal, silencio, naturaleza, pertenencia y experiencias que no tengan como finalidad producir algo. No somos máquinas diseñadas para funcionar indefinidamente, somos sistemas vivos que se transforman en relación con otros y con el mundo que habitamos.

El problema es que hemos comenzado a confundir muchos conceptos, como por ejemplo: actividad con vitalidad, conectividad con conexión, conocimiento con información, estimulación con experiencia, disponibilidad con presencia, tiempo perdido con descanso y autoexplotación con la idea de productividad.

Nos encontramos mediendo la vida con instrumentos que fueron diseñados para medir el rendimiento. Preguntamos cuánto produce una persona, cuánto logra, cuánto gana, cuántas metas alcanza, cuántas horas trabaja, cuántos contactos tiene, cuántas experiencias acumula. Pero rara vez preguntamos cuánto contempla, cuánto disfruta, cuánto pertenece, cuánto ama o cuánto sentido encuentra en aquello que hace.

La cultura contemporánea premia la velocidad y la producción. Contestamos mensajes mientras caminamos, trabajamos mientras comemos, revisamos una pantalla mientras alguien nos habla. Fotografíamos aquello que estamos viviendo antes de preguntarnos si realmente lo estamos experimentando con todos nuestros sentidos. Acumulamos información, experiencias, objetos y estímulos, pero cada vez tenemos menos tiempo para elaborar aquello que nos sucede. Dando y haciendo demasiado de aquello que no nos nutre.

A veces puede parecer que nos hemos vuelto expertos en ocupar el tiempo y principiantes neofitos en habitarlo y es aquí donde aparece una de las grandes pérdidas de nuestra época… La capicidad de saber contemplar.

Y, es que, contemplar no significa simplemente detenerse. Significa permitirse que algo exista delante de nosotros, sin exigirle inmediatamente una utilidad. Mirar un árbol sin fotografiarlo. Escuchar a alguien sin preparar nuestra respuesta. Caminar sin convertir el recorrido en ejercicio cuantificable. Sentarse con la familia sin que cada miembro esté simultáneamente conectado con otra realidad.

La contemplación entonces nos devuelve profundidad a la experiencia, y esto no es un simple lujo romántico. El contacto con espacios naturales, por ejemplo, ha sido asociado en la literatura científica con indicadores de bienestar psicológico y con procesos relacionados con la reducción del estrés.

Ahora bien, tal vez por eso necesitamos recuperar lo sencillo. No porque debamos abandonar la tecnología, el progreso o nuestras responsabilidades, sino porque ninguna civilización puede considerarse verdaderamente avanzada si para sostener su ritmo de vida necesita sacrificar aquello que sostiene la vida.

Y es que, quizá preservar nuestra salud mental implique, en parte, una operación profundamente contracultural de: volver a lo esencial.

Volver a conversar, volver a caminar, volver a mirar, volver a descansar sin culpa, volver a compartir una comida sin pantallas, volver a reconocer el valor de una amistad que no produce nada. Volver a escuchar a nuestros hijos e hijas, permitirnos el contacto sutil con ellos, volver a estar con nuestros padres mientras todavía podemos hacerlo, volver a sentir la lluvia, el viento, el sol y la tierra. Volver a la naturaleza no como escenario para fotografiar, sino como sistema del cual formamos parte única.

Porque quizás el problema no sea únicamente que estamos cansados. Quizá hemos olvidado para qué queríamos tener tanta vida. Y tal vez una verdadera cultura de salud mental no deba enseñarnos solamente a resistir un mundo acelerado, sino también a construir espacios donde no necesitemos correr todo el tiempo.

Regresar a lo natural es, en ese sentido, mucho más que salir al campo. Es recuperar una forma de relación con nosotros mismos, con los otros y con el mundo. Es recordar que vivir no consiste solamente en producir, alcanzar y acumular, sino también en contemplar, vincularnos, pertenecer y simplemente saber estar.

En tiempos que nos empujan constantemente hacia lo urgente, lo inmediato, preservar la salud mental puede comenzar con un acto aparentemente pequeño y profundamente revolucionario: detenernos lo suficiente para volver a reconocer lo esencial en nuestras vidas.

Por Amedh Guardado

Psicólogo del Departamento de Orientación