Colegio "Externado de San José"

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Columnas ESJ

Rafael Francisco Góchez

Comunicaciones y Actividades Culturales


* Las ideas aquí expresadas reflejan la opinión de cada autor y no necesariamente derivan en actos o disposiciones institucionales, las cuales se toman en forma colegiada.




El reglamento ideal

Hace ya algún tiempo tuve noticia de las conclusiones de un estudio que relacionaba la extensión del conjunto de leyes de un país con su respectivo nivel de desarrollo. No puedo citarlo con exactitud, pero doy fe de su planteamiento: que mientras menos desarrollado era un pueblo (cultural y económicamente hablando), su cantidad de leyes y reglamentos tendía a crecer, como si la gente de estos países necesitara que se le hiciera explícito incluso lo obvio.

Traigo a cuenta lo anterior a propósito de las normas de convivencia escolar, su aplicación y especialmente la reacción de quienes esgrimen en su defensa el argumento de que una falta señalada -y por la cual se les llama la atención o se les sanciona- “no está en el reglamento”. Que no es la mayoría, sí, pero “de que los hay, los hay”; por eso, dentro de la más correcta formulación, la verdad les sea dicha: no hay “reglamentos para dummies”.

Según varias fuentes de Internet, “dumm” es una palabra alemana de connotación cariñosa mas no del todo agradable, como decir “bobo” sin ánimo de ofender, tanto así que actualmente en casi todas las disciplinas encontramos libros “para dummies”, que la gente compra muy de su agrado porque su propósito es explicar las cosas tal como lo pedía el abogado que personificó Denzel Washington en la película “Philadelphia” (1993), es decir, “como si yo fuera un niño de cuatro años”, en alusión a la incipiente lógica y nivel de entendimiento de esas enternecedoras criaturas; lo cual está muy bien… ¡siempre que no nos hagamos pasar por “dummies” a conveniencia!

Admitamos como cierto, en primer lugar, que “sobre aviso no hay engaño” y todos los miembros de una comunidad educativa deben conocer sus derechos y deberes, así como las normas generales vigentes. Sin embargo, tanto o más cierto que lo anterior es que hay cosas que son tan elementales que no hace falta ponerlas en un reglamento; y aún más: que si se pusieren tendríamos un documento de no menos de cien páginas (y creciendo constantemente), el cual resultaría además ridículamente cómico, al estilo de cuando al mítico pueblo de Macondo lo acometió la peste del insomnio y sus habitantes comenzaron a perder la memoria, teniendo que escribirlo y rotularlo todo (“esta es la vaca, hay que ordeñar todas las mañanas para que produzca leche y a la leche hay que hervirla para mezclarla con el café y hacer café con leche”).

Que los pasillos, caminos y senderos son para que la gente transite, está claro; tanto como que las gradas son para que las personas suban o bajen con seguridad de un nivel a otro y que, en cambio, las bancas fueron inventadas para sentarse en ellas. De ahí que al ver a estudiantes sentados en todo lo ancho de las gradas del amplio pasillo de acceso al edificio administrativo, bloqueando el paso, es lógico y acertado pedirles, con firme amabilidad, que despejen el área y se trasladen a las bancas, adonde corresponde; esto muy a pesar de la necedad, tozudez o rebeldía de quien quisiera argumentar que “en el reglamento no dice que no nos podemos sentar en estas gradas”. Pues bien: la mencionada exigencia puede hacerse por simple aplicación de un sano principio de convivencia generalmente aceptado, como es el respeto al derecho ajeno (que, por cierto, sí está en el reglamento).

Razonemos al respecto en otro ámbito: aunque el proceso educativo se realiza en conjunto, la obtención de las notas mayoritariamente es un acto individual, de ahí que la transmisión ilícita de información durante las pruebas escritas esté considerada como un fraude, lo mismo que plagiar un trabajo ex aula (“copiar en lo sustancial obras ajenas, dándolas como propias”). Normalmente, la detección de estas actividades resulta en la anulación de la nota correspondiente, basándose en una lógica no tan difícil de comprender. Sin embargo, una institución tendría que considerar bastante duros de entendimiento a sus estudiantes y familiares, si se viera en la necesidad de escribir en el reglamento un artículo que dijera: “en los exámenes escritos individuales no se permite la ayuda externa al estudiante, por cualesquiera medios físicos detectables (escritura, gestos, sonido, mensajes a celular, claves secretas, etc.), en razón de que la obtención de tal nota es responsabilidad suya, personal e intransferible”. Ya si el reclamo fuese que al infractor se le anule sólo aquella pregunta en la que estaba copiando, la única opción del docente sería mesarse.

El planteamiento central del presente artículo no es avalar o justificar ningún tipo de arbitrariedad (“acto o proceder contrario a la justicia, la razón o las leyes, dictado solo por la voluntad o el capricho”), sino criticar una conducta cultural muy en boga y peligrosamente contagiosa en los tiempos que corren: la manía de protestar por todo aunque no se tenga la razón, con tal de salirse con la suya, recurriendo -así sea necesario- a interpretaciones retorcidas y erradas, pero convenientes para sí, de normas elementales; lo cual generalmente se traduce en el consabido y desafiante “muéstreme en qué parte del reglamento dice” tal o cual cosa.

Para satisfacer a este tipo de personas, un reglamento escolar quizá tendría que contener disposiciones del siguiente calibre:

  • Queda prohibido que un estudiante, varón o señorita, conecte una manguera y bañe enteramente o por partes a otra persona, aun si quien recibe el agua ha dado su consentimiento para tal acción.
  • Se considera falta grave apedrear vehículos desde el talud contiguo al bulevar Tutunichapa o desde cualquier otra ubicación del colegio.
  • No está permitido que un estudiante de cualquier género llame a otra persona a gritos, estando emisor y receptor dentro de aulas distintas y distantes, en período de clase.
  • Los y las estudiantes harán sus necesidades fisiológicas dentro de los servicios sanitarios instalados en los correspondientes módulos de aulas.
  • No se permite la suplantación física de un estudiante para fines de obtener notas o cumplir con sus responsabilidades académicas.

Dudo mucho que, para entendernos como es debido, el ideal al que queremos llegar sea un reglamento de ese tipo. ¿Qué tan difícil es actuar con eso que paradójicamente llamamos “sentido común”?

 

Los riesgos de las redes sociales virtuales

“Mientras tuvieres los papeles en tu escritorio, podrás corregir a tus anchas, quitar y poner; pero la palabra, una vez que se lanza, ya no regresa”.
Horacio, “Arte poética”.

“Redes sociales virtuales” (RSV) es el nombre técnico para definir las diversas páginas o sitios de Internet como Facebook, Sonico, MySpace, YouTube, etc.; así como los “blogs” personales y los servicios de mensajería instantánea o “messenger”. Todos ellos son formas de interacción social virtual que permiten un intercambio dinámico de información entre personas y grupos.

Dada la creciente y consolidada popularización de estos recursos cibernéticos, es ilusorio y hasta ingenuo plantear el debate sobre si se debe permitir o no a los y las jóvenes hacer uso de estos recursos, pues es un hecho irreversible que casi todos ellos los utilizan o los utilizarán, sea con mayor o menor frecuencia.

El punto importante está, entonces, en la debida orientación que se les dé para evitar los riesgos inherentes y sacar el mejor provecho de los recursos que, ciertamente, ofrecen. Es como si, sabiendo que el manejo de vehículos automotores tiene riesgos y es una actividad peligrosa, se procure orientar a la gente para que maneje correctamente, en vez de hacer campaña para que no usen más los autos.

La intimidad expuesta

El principal peligro de las RSV es la supresión inadvertida de la frontera entre lo público y lo privado, de tal manera que la gente da a conocer información personal que puede ser usada en su perjuicio, de caer en manos de delincuentes, acosadores sexuales, gente chismosa, etc.

En el ámbito de la seguridad personal, hay numerosos reportajes y testimonios sobre estos riesgos. Compartimos aquí un par de ellos, a los que se puede acceder haciendo clic sobre cada enlace:

En cuanto a los riesgos para la intimidad, citamos un artículo de “El periódico” de Cataluña (España, 27 de Octubre de 2007), donde Juan Ruiz Sierra escribe:

“Dicen los sociólogos que el imparable avance de las redes sociales en Internet (esas webs que permiten a los usuarios crear páginas personales en las que detallan sus aficiones, muestran sus historias, fotos o vídeos y se relacionan virtualmente con otros amigos hasta crear una masiva comunidad de muchas personas unidas entre sí por unas pocas), responde, en esencia, a dos factores: exhibicionismo y voyeurismo.”

“Las redes sociales sirven para contactar con algún conocido al que se le perdió la pista hace tiempo, compartir experiencias o hacer nuevas amistades, pero, según los guardianes de la privacidad, tienen un lado oscuro. También pueden arruinar vidas. Estos servicios han propiciado un nivel sin precedentes de divulgación de información personal accesible de forma pública y global.”

“Si bien muchos de los usuarios solo permiten entrar en sus páginas a quienes han sido previamente invitados, no siempre es así, y, aunque lo sea, esto no suele excluir, por ejemplo, a los padres, los novios o, todavía peor, los jefes.”

No hay red social totalmente privada

El principal error o engaño en que caen las y los usuarios de páginas y espacios de interacción interpersonal como el Facebook, el "messenger" y similares es creer que lo que allí pongan se mantiene en el dominio de lo privado.

Hay muchísimos usuarios y usuarias que, en realidad, no conocen ni manejan todas las opciones de configuración de su Facebook. ¿Saben estos chicos y chicas si está activada la opción de que los “amigos de tus amigos” puedan ver sus fotos? ¿Sus amigos/as tienen la costumbre de dejar “sesión iniciada” o programan la función “recordar contraseña” en las computadoras que ocupan? Los posibles huecos por donde se fugue la información es tan grande que prácticamente lo “privado” se queda en una mera ilusión.

Muchas personas aceptan casi automáticamente las “invitaciones de amistad” de gente que no conocen, para crear la ilusión de ser aceptadas “socialmente” y que tienen una comunidad grande de personas que se interesa por ellas. Esto las lleva a tener hasta cientos de “amigos virtuales” ilusorios. Si cada uno de ellos tiene, a su vez, otro tanto de gente agregada, los “amigos de tus amigos” son millones de personas que podrían ver información de su vida privada.

Autoinfligir a la propia imagen

Casi siempre son las propias personas quienes colocan en Internet información dañina o potencialmente peligrosa para sí mismas, muchas veces por ingenuidad o imprudencia, sin medir los alcances que ello pueda tener o cómo podría afectar su imagen.

Tres ejemplos tomados de la experiencia real ilustran esta situación:

  • Exposición pública de las intimidades del noviazgo

Una jovencita tiene un novio al que adora. Se toma decenas o cientos de fotos abrazándose y besándose con él (no importa dónde y cómo estén “las manitas” del chico en la gráfica). Hace un álbum de fotos en su Facebook y les añade frases donde declara al mundo que él es el amor de su vida y lo amará por siempre. Unos meses después, la pareja ha terminado y ella ya tiene un nuevo paquete de fotos y frases amorosas con su nuevo chico. Con tres o cuatro años en esta dinámica de amores y desamores (que puede ser normal en el transcurso del tiempo), si se ve todo de una sola vez, ¿qué imagen acaba dando la personita en cuestión?

  • Fotos de playa para ojos fisgones

Una jovencita va a la playa con sus amigos y amigas, rodeado por ellos y estando en un ambiente fraternal sano. Se toman muchísimas fotos de la convivencia, sin importar el tamaño del traje de baño o si se ve más o menos de lo prudente, ya que allí no hay ojos malintencionados. Luego sube las fotos a su página personal de Internet, en donde se ven pequeñas pero (en algunos sitios) al hacer clic sobre ellas para bajarlas, aparecen en su tamaño real, con alta resolución y detalles más reveladores. ¿Pondría estas mismas fotos en tamaño póster pegadas en la puerta de su casa, dando a la calle? ¿No cree que hay gente que estaría encantada de ver estas fotos con intenciones malsanas?

  • Fiestas y relajos privados a la luz pública

Un chico o chica hace una fiesta o celebración con tus amigos/as en su casa. Como están en un ambiente privado, hacen cosas que no harían en público, por ejemplo, en medio de un parque (gestos, caras o poses graciosas, ridículas, atrevidas, irreverentes, etc.), sin importar si se ve bien o se ve mal, si es indiscreto o no. Luego, sube las fotos a su Facebook, Sonico, o como se llame. ¿Qué pasaría si las ven personas que estén "fuera de contexto"?

¿Y qué tal si en esas fotos o vídeos los que aparecen son adolescentes haciendo alarde de su embriaguez o quinceañeras con ínfulas de “top model” en sesiones de fotos con la mínima ropa posible?

Pensar en las consecuencias

En la adolescencia, muchas personas creen erróneamente que sus actos no traerán consecuencias, que éstas son poco importantes o que las acciones censuradas por los adultos y adultas en realidad “no tienen nada de malo”. Es hasta cuando se hacen palpables los daños a la imagen cuando aparecen las lamentaciones. Pensemos, por ejemplo, en qué pasaría si estas fotos comprometedoras son vistas por sus padres, madres, hermanos/as menores y demás familiares. ¿Y qué tal si estas fotos penosas son vistas por personas de las que pudiera depender su situación de estudios o tu trabajo?

Incluso cuando se dan cuenta de que haber puesto ciertas fotos y contenidos en Internet fue un error, y proceden a quitarlos, esto no garantiza que nadie más copió, guardó o almacenó ese material mientras estuvo disponible. Es entonces cuando se manifiesta la necesidad de que -antes de subir una foto, vídeo o escribir algo en su Facebook, "messenger" o página similar- la persona deba entender que eso lo está poniendo en exhibición en un lugar público, es prácticamente equivalente a mostrarlas en un parque o pegarlas en un poste de alumbrado eléctrico.

Consejos prácticos

Aunque no hay consejo mejor que sustituya a la prudencia y la discreción, he aquí algunas recomendaciones prácticos para salvaguardar, en lo posible, la privacidad y la imagen personal.

  • No poner en Internet fotos en alta resolución. Aprenda a usar un programa de gráficos sencillo y póngalas, a lo más, en un tamaño de 640 por 480 pixeles (aproximadamente 0.3 megapixeles). Esto dificultará que sean usadas para hacer fotocomposiciones o que se vean en detalle cosas que no deben verse.
  • No activar la casilla de “recordar contraseña” o “mantenerme conectado” al ingresar a su página personal o a su “messenger”, ya que si otras personas usan la computadora después que Ud. podrían modificar el contenido del sitio, averiguar datos personales o, peor aún, suplantarle virtualmente.
  • No subir a Internet fotos o vídeos en donde otras personas aparezcan en situaciones vergonzosas o penosas, pues podría comprometer su dignidad o su imagen y, en casos extremos, hasta podría ser delito.
  • No dar a nadie la contraseña de su página personal, e-mail o “messenger”. Estas demostraciones de “confianza” y “amistad” casi siempre terminan en pleitos.
  • No aceptar solicitudes de amistad de personas desconocidas o que son “amigos de tus amigos”, pues por ahí puede colarse algún maleante.

En síntesis, la clave está en pensar muy bien en las posibles consecuencias de que las demás personas vean cualquier cosa que Ud. vaya a colocar en Internet.

 




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