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Presentación

La sombra
(Mauricio Alfredo Amaya)
La seducción del próximo abismo
(Leonor Michelle Hernández)
Ensueño
(María José Martínez)
Paso
(Carlos Eduardo Chang)
La existencia murmurante
(Noelia Rodríguez Aguilar)
Y sigo aquí
(Jaquelin Verónica Flores)
Cuando el alma arde
(Alberto Valiente Thorensen)
Crónicas de un tiempo nuevo
(Lauri Cristina García)
Aroma de lirio blanco
(Iris Iveth Monge)
Los promiscuicidas
(Napoleón Alexander Palacios)

Nómina de ganadores
1996-2000



Breve presentación

Desde su creación en 1991, el Departamento de Comunicaciones y Actividades Culturales (Decomaccu) del Colegio Externado "San José", ha venido promoviendo el desarrollo de diversas aptitudes artísticas en los alumnos y alumnas -en consonancia con su propósito de educación integral- a través de distintos eventos, certámenes y publicaciones.

Es así como el Certamen Literario externadista ha sido el cauce ideal para el estímulo de los valores literarios. En 1996, como un reconocimiento a la excelente calidad de muchos de ellos, se publicó la primera recopilación de trabajos, bajo el título de "Antología de la Verde Letra". Es ahora la oportunidad para un segundo volumen, manteniendo la esperanza de que los aquí galardonados sean, en un futuro cercano, protagonistas en el ámbito literario nacional.

El espacio de este volumen sólo permite una pequeña muestra constituida por quienes, en su oportunidad, ganaron el primer lugar en las categorías de poesía o narrativa de bachillerato, así como una escribiente que logró dos segundos lugares en distintos géneros. Sin embargo, repetimos lo dicho en la presentación de la primera edición: no se entienda esta selección como un vaticinio, pues la historia es rica en ejemplos de escritores que comenzaron su obra hasta ya entrada la madurez, mientras que otros produjeron textos insignificantes hasta que –por alguna causa– mejoraron vertiginosamente siendo bastante mayores. Tampoco faltan evidencias de otros en los cuales la expresión literaria fue tan sólo una faceta en sus vidas, propulsada por circunstancias particulares que, pasando como pasa todo en la vida, dejaron las ficciones como un recuerdo de juventud.

A pesar de ello, creemos que es justo apoyar esta etapa como un acto de fe en el trabajo de quienes aquí han comenzado a crear. Queda, pues, en vuestras manos esta peculiar antología de la verde letra.

Departamento de Comunicaciones y Actividades Culturales
Colegio Externado "San José"




La sombra
(fragmento)

Mauricio Alfredo Amaya

El día en que nació el hijo de Romualdo el cielo había amanecido nublado, apagado, sudando las últimas gotas de agua que caían desde lo alto sobre el pueblo adormecido. Había estado lloviendo desde hacía varios días, y el viento frío de la mañana se mezclaba poco a poco con la espesa nube de tristeza que bañaba el rancho entumecido.

Romualdo llevaba horas caminando de un lado a otro, contando el golpe sordo de las gotas que se deslizaban lentamente sobre los árboles del patio. Caminaba con la cabeza baja, deteniéndose de vez en cuando frente a la puerta del cuarto para ver a su esposa, que se retorcía de dolor entre las sábanas.

Afuera, el cielo empezaba a despejarse, y el murmullo oscuro de la lluvia se alejaba tras las montañas solitarias. Romualdo se paró frente a la ventana entreabierta, y vio las nubes negras que se escapaban a lo lejos. Luego sacó un cigarro de la bolsa de la camisa, y lo encendió con la vista fija en el agua helada que se había estancado entre las piedras pintadas de negro.

Habían pasado cinco horas desde que la partera entró al cuarto junto a su esposa, y la angustia de la espera le carcomía por dentro su pecho envejecido. Romualdo caminó hasta la mesa de la cocina, y se sentó en una silla con la cara hundida entre sus manos temblorosas.

El tiempo se alargaba cada vez más, y el silencio humedecido se colaba hábilmente entre las hojas de los árboles. Romualdo sabía que faltaba poco para que naciera su primer hijo, y pensó en lo mucho que había deseado aquel momento. Miró el reloj que pendía de la pared, "las seis y media", se dijo, y apoyó su cabeza sobre el borde despintado de la mesa.

Estaba muerto de cansancio. La noche anterior no había podido dormir, había tenido que ir corriendo a buscar a la partera. La encontró sentada en el patio del rancho, fumando un puro grueso mientras miraba el cielo enrojecido.

Mauricio Alfredo Amaya (San Salvador, 1983), graduado en 2000, estudia Ingeniería Civil y de la literatura piensa que es la expresión del alma, la ventana de escape a las emociones y un modo de entender mejor la vida.




La seducción del próximo abismo
(fragmento)

Leonor Michelle Hernández

Está bien,
no ofrezco resistencia
a lo que has decidido:
enfermar.

El vendaje oclusivo
de mis párpados
me hunde en el sopor de lo desconocido.

No sé cómo adivinar tu naturaleza
no sé cómo controlar tu mirada claroscura
no sé cómo lanzarme
a desafiar mi libertad individual;
la razón por la que acepté
omitir la realidad
ya no me es desconocida.

No pretendo
hacer crecer tus dudas
tan desproporcionadamente
que se viertan sobre mí.

Sólo deseo
entrar por fin en tu universo,
en tu lenguaje
en un interminable minuto
contado desde los rincones,
y los grandes sitios
de tu plástica interioridad.

Pero no puedo dejar de resistirme a las circunstancias,
a la amenaza de tu olvido,
al silencio de la inseguridad
de tu amor inconsistente,
que no decide dejar de experimentar
el aburrimiento,
el fraude de la comunicación verbal.

Leonor Michelle Hernández (San Salvador, 1978), graduada en 1996, estudia Licenciatura en Psicología.




Ensueño

María José Martínez

Siento un fuego
que me baja por la espalda
y descubro en tus ojos
la oscura y dulce lumbre
que me quema.

Huelo la orquídea
de tu ser desnudo
y el aroma atraviesa
las membranas de mi cuerpo.

Duermo entre la seda
de tus brazos amorosos
y sueño entre los campos
de tu espalda...

Corre una niña a mi lado
y reconozco que es tu alma
que me llama por ni nombre
y me abraza...

Y mis labios están húmedos
de sentimientos y paz,
y mi piel está dormida
en el pasto de tus dedos.

Mátame triste, amor.
Víveme alegre, vida mía.
Escúchame con la piel,
abrázame con la voz...

Pero no dejes ir el beso
que un día puse en tu corazón,
el pacto de aquella promesa
de ser los dos en un eterno abrazo.

María José Martínez (San Salvador, 1979), graduada 1997, estudia Licenciatura en Ciencias de la Educación, especialidad en educación parvularia. De la literatura dice: "La literatura es el medio perfecto y más perdurable para comunicarme con el mundo en que vivo, especialmente con los niños, a quienes espero dejar algo de mí misma a través de ella".




Paso

Carlos Eduardo Chang

Las manos apenas se le movían, parecían no querer responder a los impulsos que se le escuchaban bajo la camisa a cuadros. Le gustaba la sensación, apretaba minuciosamente entre los pocos y maltratados dedos callosos los nudillos que se encontraban ahora en reposo, pero antes tensos, en forma de puños, que se incrustaban en todas las partes posibles del primer sujeto que encontró en la revuelta.

El sonido de la quinta carta aplacó su inmutez, la cual tuvo que interrumpir, para colocar su palma y cubrir el naipe, vuelto abajo, lo deslizó un poco por sobre toda la mesa buscando un borde seguro por donde levantar su cara sin que nadie pudiese saber qué carta era.

Observó alrededor suyo, los tres restantes respiraban un vaho casi fantasmal sobre la mano que observaban con los ojos entrecerrados y las pupilas chispeantes.

Su respiración se entrecortó, las asió con una mano mientras con las otras movía minuciosamente cada una de ellas hasta repararlas en un pequeño abanico pequeño, pensó por un pequeño lapso de tiempo por qué le llamaba abanico a esto, y pensó que no le estaba refrescando en absoluto, y que los seres llamamos a las cosas como lo que ya hemos visto, palpado, oído, sentido, que no nos abrimos hacia nada nuevo... y mientras los gruñidos de la contraparte, que le sacaban de quicio, aumentaban con un ansioso ritmo desmesurante, cálidos, podía sentir el pequeño vapor colarse por entre los cabellos de sus manos y depositarse en los más ínfimo de sus pequeños y activados poros.

Se percató de los símbolos y números que se extendían ante él.

Observó hacia todos lados, no había nadie allí más que él, pero observó a los desafiantes contrincantes, un vaso de whisky en la mesa verde, sobre la cual las cartas habían ido y venido desde hace tanto tiempo y con tan poco rato que tenía de haber llegado al lugar.

Todo le era familiar, incluso la música que sin sonar le hacía resonar el tímpano con cada vibra producida en el aire por el saxofón de esa noche.

Respiró profundo y observó al vacío.

Observó la apuesta, era demasiada, pero no podía cambiarla, simplemente no podía retractarse, no seguirlo haciendo...

Hizo un solo montón de cartas y aumentó la apuesta, pero ya no había más que darle, ya lo tenía todo, incluso a él...

Quienes le abrazarían con la típicas maldiciones que proferirían al verse interrumpidos.

De pronto uno se levanta riendo, las caras parecen observarle con maquiavélicas sonrisas y alcanza a escuchar el destellado de la pieza de metal contra la luz, siente el filo, y traga el sopor amargo de su garganta entre pequeñas lágrimas de coraje que se le escapan entre los toscos poros de la cara.

Su mano se estruja, se mueve pero está bien fijada, se estremece y luego el sonido a madera tronchada...

Un líquido y metálico dolor con olor a sangre se desparrama del muñón, que ahora enérgicamente se mueve...

Recuérdalo todo, creo que he ganado...

Las cartas sobre la mesa sobre un par de manos caídas, vencidas bajo el peso de lo que lo demás ya no seguirá. Una sonrisa de satisfacción, y los ojos que le escudriñan pensando si realmente lo disfruta.

El salón blanco con paredes acolchadas, la mesita y las cartas desparramadas por montones, por números, por reyes y sotas y por blackjacks y por fullhouses y solitarios pensantes.

La pequeña compuerta de comunicación deja oír las indicaciones.
El pequeño vaso plástico con los medicamentos para la noche aparece en una pequeña bandeja descolorida y sucia.

Una mano escueta de tres dedos la toma y la lleva hacia adentro de la celda.

Carlos Eduardo Chang (San Salvador, 1983), graduado en 2000, estudia Licenciatura en Artes Plásticas, y se refiere a la literatura como "una fuerza insoportable a veces".




La existencia murmurante

Noelia Rodríguez Aguilar

¿Qué palabra romperá
con alevosía
haciendo que mis ojos alucinen flores secas?

Tiempo, dímelo,
inconcluso, responsable.

¿Cómo?
Mi pensamiento se derrite al emigrar
y tú, paseándote por allí,
llevando mi mente, vaciando tus alas.

El vínculo de la muerte, que arde
por la eterna herida negra.

Se apagará la estrella, inmensa estrella
situada en mi vacío.

Y saldré de la piel añeja
como una serpiente vagaré
entre las selvas de tu sendero.

Noelia Rodríguez Aguilar (San Salvador, 1982), graduada en 1999, estudia Licenciatura en Nutrición. Sobre su vocación literaria, reflexiona y dice: "la preparación para la literatura es constante, no se encuentra tan solo en los libros, sino también en la cotidianidad. Me estoy dedicando a vivir más que a otra cosa, aún escribo, la poesía se ha deformado en mí y el poder definirla es uno de mis deberes; existe además la posibilidad de concursar en certámenes nacionales, pienso que ese es el primer salto: atreverse".




Y sigo aquí

Jaquelin Verónica Flores

Como en espera de una crepuscular mañana
mientras la noche se alarga en el insomnio,
así espero sentir tu voz tenue
desbordada entre mis labios
en tanto que la piel se fusione
distante de lo ajeno a la ocasión.
Logramos encontrarnos.

Se estremece el misterioso vacío
que todo lo llena con su espesura
y hace surgir contracciones indóciles -en las venas trenzadas-
como un viento oscuro y frío
golpeando en el alma de un perfecto subyacente.

Entonces una constelación de murmullos
comienza a tiritar sobre los cuerpos.

Se agudiza el tacto, mayormente las manos,
y a un grito del tiempo apuñalado
se colman de calor las llamas.

Cuarenta y ocho horas después -que no son dos días-
se escucha el andar pausado
de una lluvia temerosa y frágil que,
con cada paso, anuncia una caricia fracturada
para este cielo en que flotamos,
este cielo que nunca aclara
y nos sumerge dentro de una fase lunar
sin razón y sin final
sólo con un callado adiós.

Y Sigo Aquí.

Jaquelin Verónica Flores (San Salvador, 1983), graduada en 2000, estudia Derecho y considera que la literatura es lo que la hace sentir libre.




Cuando el alma arde

Alberto Valiente Thorensen

Eran casi las seis de la tarde, se veía llegar a la gente del trabajo a sus casas, otros salían a comprar el pan para la cena; bajo una estela de color naranja que proyectaba el sol, cubierto por nubes ralas, ralas de tristeza porque el sol se va, pero a la vez blancas, degradando a un naranja claro. Ahí se ve la pureza de una puesta de sol, la pureza de la creación. Mientras, sentado en su silla de mimbre al pie de la ventana, observaba todo esto, pensaba: "¿Qué pasó con la emoción que me causaba una puesta de sol? ¿Es acaso que ya no soy humano, sino un simple asesino?"

Se sentía vacío.

Juan había vuelto de la guerra, a la casa de su tía en Suchitoto. No tenía trabajo ni dinero. Por ahí le habían hablado de una indemnización, pero nunca la recibió; participó en las revueltas de ADEFAES y no consiguió nada. Recordó: "Si son injustos con nosotros, nosotros también vamos a ser injustos con ellos. Hueviando..." Fueron las palabras de un compañero del batallón, llamado Oscar.

Oyó un ruido y saltó del susto. Tocaron a la puerta y fue a abrir. Oscar entró como una gacela perseguida por un león.

- ¡Los agarraron, los agarraron!

- ¿A quiénes?

- A Amílcar y los otros.

- ¡Hijueputa!

- Si hablan, sí que la cagamos.

- Peleamos en nombre del gobierno, no nos dan nada y encima nos llevan presos.
Oscar entró a la cocina y se sirvió un vaso de agua.

- Oscar: no seas abusivo, que se va a encachimbar mi tía.

- Sólo es un vaso de agua.

Juan recordó que pensó eso antes de hacerlo, de empezar a robar: "Sólo es un robo, con esto me compongo y empiezo a trabajar". Pero fueron uno tras otro, incluso en el que se echaron a una señora y al guardia de un banco. Todo esto hacía de su alma una tumba vikinga ardiendo en el mar. Le enseñaron a matar, es lo único que sabe hacer, lo aprendió desde que lo reclutaron a los diecisiete.

La culpa, las pesadillas, el sudor helado de las madrugadas, el infierno, eran la herencia de la lucha a la que Juan fue sometido, la lucha en la que Juan fue sepultado después de años de agonía en la pobreza.

Juan sintió repentinamente la necesidad de huir, de correr.

- ¡Oscar: van a venir por nosotros, vámonos!

- No, no van a hablar, en las reuniones bien amenazaditos me los hice.

Juan se sintió impotente ante la aparente terquedad de Oscar. Las paredes desteñían su color y este parecía absorberlo premeditadamente en una tranquilidad etérea que contrastaba con las llamas incandescentes y desenfrenadas que ocultaba Oscar, bajo su cuerpo delgado y definido, como el de un atleta que nunca lo fue. Después de una prolongada gesticulación dijo con un fingido disimulo.

- Tengo que ir a la tienda a comprar unas cosas para mi tía.

La verdad, tenía en mente irse y no regresar.

- No vayás a salir de culero y me dejás aquí solo.

- No, no te preocupés.

Abrió la puerta y se fue.

Había caminado como media cuadra. Las rodillas parecían estremecerse inconscientemente a cada paso temeroso de aquel héroe de guerra, de aquel asesino a sueldo que siempre fue. En un instante permanente y que siempre quedará en la memoria del viento o de algún transeúnte que intentando ignorar la situación echó un vistazo curioso y disimulado, un carropatrulla se detuvo enfrente de la casa. como perseguidos por el diablo o más bien, como dos cavernícolas tras su presa, bajaron del auto dos agentes y tumbaron la puerta, entraron a la humilde casa y se oyeron dos disparos. Sacaron a Oscar, herido. A un policía, herido. La adrenalina como emanada por un viejo recuerdo de emboscada invadió las entrañas de Juan. Corrió, corrió tan rápido como pudo. Tan rápido como lo hizo cuando los emboscaron en Chalate, como cuando casi los agarran prisioneros, como cuando casi son devueltos a la Cruz Roja por sus hermanos, cuñados o tíos, para que fueran castigados por el patrón, el jefe, el militar. Llegó a un puente y se escondió en la quebrada que pasaba bajo él. Con las botas embarradas hasta las cintas, el agua fría y contaminada quebrantándolo y ese olor desesperante transtornándolo, pensó en su tía, esa mujer valiente que había soportado tanto, que lo había querido tanto, ahora soportaría aún más por su culpa.

Sintió su alma llena pero estaba llena de algo extraño. No era lo mismo que sintió por su madre, no era lo mismo que sintió alguna vez por su tía. Era lo que sentía por los que mataron a su papá en Zacatecoluca cuando él tenía sólo cinco años, era lo que sentía por los que lo reclutaron, era lo que sentía por su persona. Era odio. Se rascó la cabeza y lentamente bajó su mano a la altura de su cintura, la metió entre el pantalón de paletones hecho por el sastre del pueblo; ese pueblo mágico, lleno de misterios y belleza. Sacó la escuadra que había conservado en sus días en el ejército. Abrió su boca, suspiró fuerte, después gritó. se dejó ir un tiro en el cielo de la boca. Empezó a caer. La caída fue eterna. Su infancia se proyectó sobriamente en uno de los pilares del puente, su primer amor, su primer llanto, la primera vez que vio la lluvia, los senos redondos y palpables que lo alimentaron hasta casi los dos años junto con su hermano, los juegos de chibola, el perro que lo acompañaba en sus exploraciones en la sierra indomable, pero ahora eliminada por la guerra, la noche que se llevaron a su padre, la noche que se llevaron a su padre, la noche que se llevaron a su padre, la noche que se llevaron a su padre...

Tenía miedo. Su alma ardió y el odio no se fue. Oyó balazos, gritos, bombas, guerra; cayó.

La guerra había arruinado a un pobre y el pobre arruinó su alma.

Alberto Valiente Thorensen (San Salvador, 1980), se graduó de bachiller en 1997 y estudia Licenciatura en Economía. Ve la literatura como "la más grande de las escuelas" y añade: "Es el espíritu humano en palabras. No se logra mejor aprendizaje que cuando por medio de un escrito podemos identificamos con el pensamiento, visión, inquietudes, motivaciones y experiencias de su autor. Y no se obtiene mayor trascendencia, que cuando a través de las letras, somos capaces de hacer que los demás vean una parte del mundo con nuestros ojos".




Crónicas de un tiempo nuevo

Lauri Cristina García

Primicia de noches eternamente iguales
Como exquisita insinuación colman el firmamento pequeñas luces
El metal del sentido del tiempo
Se estremece al contemplar los ojos de la oscuridad
El efluvio de pasajes antiguos persiste en la atmósfera dispersa
Crujen las ramas-llamas en un deleite ensordecedor
Esparciendo sus alas a través del reducido espacio
El cielo asquerosamente despejado se desprende de remordimientos
Y sobre todo de la fe en querubines bondadosos que luego se revuelcan
Entre lo puro
Un caballero construye desde lo suntuoso la más clara desdicha
Se burla de sí mismo
Continúa revolviéndose el viento estático imperturbable
Las puertas se desprenden de su origen
Para dar paso a un torbellino de incertidumbres
Se escucha débilmente una inocente voz que comienza a llamarse a sí mismo
Esclavo, esclavo...
Apenas contenida en su cauce
Una mirada desorbitada
Contempla la fuente de la llanura espesa
Y entre contradicciones
Entre risas desgarradas
Entre promesas superfluas
Egoísmos contenidos
Suspiros vanos
Exagerados propósitos
Se abre paso a un tiempo nuevo agonizando entre sombras y esperanzas.

Lauri Cristina García (San Salvador, 1980). Graduada en 1997, estudia Licenciatura en Comunicaciones y Periodismo. De ella misma, dice: "Desde pequeña, sentí una gran inclinación por la literatura. Siempre quise ser escritora, desde los 8 años cuando empecé a leer los libros de mis hermanos mayores. Es fantástico crear mundos y atravesarlos... pero sobre todo para mí la literatura es mi forma de entregarme a los demás, mi compromiso con el mundo... mi pequeño gran aporte al mundo de la utopía y los sueños".




Aroma de lirio blanco

Iris Iveth Monge

Aroma a jardín marchito,
aroma de lirio blanco:
háblame de tus hechizos,
háblame de tus quebrantos.

Escondo dentro de sombras
temores y negros mantos.
Escondes, si acaso sobra,
tus besos de aroma blanco.

De rojo los pasos manchas,
de negro en silencio ocultas
aquellas trazadas cartas
que nunca guardaste, ¡nunca!

Fragancia a jardín perdido:
¡nunca más le cortes flores
a los jardines marchitos!

Aroma de lirio blanco:
dime, ¿tu olor es eterno?
Y cuenta si acaso el barco
lleva tus flores adentro...

De pino las hojas abren
las piedras de mármol viejo,
contando que adentro tienen
aroma de prisionero...

¡Se roba el jardín que huele
a lirio de blancos besos!
¡Se roba el aroma verde
fragancia de zumos viejos...!

Aroma de lirio blanco,
que blanco el aroma tiene:
tus besos ya son de llanto,
tus pétalos ya no huelen.

Iris Iveth Monge (Sonsonate, 1982), una de las mejores exponentes poéticas de su generación, con la especial virtud de cultivar el verso clásico. Estudia Técnico en Diseño Gráfico y dice: "creo que la poesía es la melodía llena de colores difícilmente perceptibles para el sentir humano. Podemos pintar imágenes libres de nuestro interior, que pulimos como pensamientos en palabras".




Los promiscuicidas
(fragmento)

Napoleón Alexander Palacios

A primeras horas de la mañana el colegio se ve sumido en un impresionante letargo azul. El cielo improfanable, libre de intrusos, se abre espléndidamente encima de todo. Una brisa procaz, fría e insolente recorre todos los lugares examinándolos, moviendo los desperdicios que los alumnos dejaron la semana recién pasada. Como bolsas plásticas que caminan maniobradas por el viento en espasmos obscenos. Junto a ellas el polvo parduzco danza eternamente con los papeles inservibles, las colillas de cigarro pródigas y la monstruosa soledad, todo marchando lenta y desesperadamente. La brisa, omnisciente y molesta, se mueve entre los pasillos y las aulas vacías, doblegando la grama y los arbustos débiles en la cancha de fútbol y la piscina, botando las hojas amarillas de los árboles y formando así una alfombra mustia que se pudre con mucha parsimonia. El viento se pasea entre los pupitres desolados y heridos, los baños herméticos e inexpresables, las mesas o las bancas protegidas por los árboles iracundos, el colegio quieto y cristalino. El viento, en su función profiláctica, limpia las risas y las pláticas, las presencias, las miradas, los movimientos, la interacción, lleva la higiene, borra, para agasajar la fiesta con una desnudez virginal.

Unos minutos después comienzan a llegar los primeros alumnos. Contagiados todos por el sopor nostálgico del colegio, miran con tristeza el concreto y el asfalto, aspiran el aire helado proveniente de las copas de los árboles aún húmedas por el rocío, escupen solemnemente a la tierra, incapaces de descifrar al colegio carente de actividad y abrumados por percibirse morbosamente minúsculos.

De manera que al mismo tiempo en que los primeros destellos solares penetran la atmósfera hostilmente azulada, los primeros ajetreos dan señales de vida. Los primeros en llegar han sido los organizadores, estructurando y diagramando dónde van a estar los puestos de paletas y sorbetes, dónde la tarima para que los grupos musicales invitados hagan el ridículo, dónde el puesto que vende huevos rellenos de confeti y rosas con mensaje romántico instantáneo incluido, dónde la cárcel en donde meter a cualquiera por sólo 5 colones durante una hora entera, dónde todas las cosas, para hacer más fácil la vida.

En las semanas anteriores se ha hecho propaganda, anunciando la fiesta con colores chillones, en los pasillos o en la zona del recreo, junto a la tienda y en las entradas de todas las aulas. Incluso se han ido a poner páginas en blanco y negro en otros colegios para invitarlos a pasar un interesante y entretenido rato de esparcimiento social. Las cartulinas que se ponen hoy en la mañana embriónica tienen escrita la programación de la fiesta, con horas y toda la información necesaria.

Las cartulinas son bienvenidas por el sol ya maduro, impetuoso, que pinta de un parduzco encendido las copas de los árboles y los techos adyacentes. Las personas esporádicas comienzan a aglutinarse formando una especie precaria de muchedumbre, bastante infructuosa, evasiva, odiosa, soberbia y terrible. Engullen con gula todo lo que observan, sucumben con lujuria ante sus deseos, esperan emocionados el desenvolvimiento final de la fiesta, ansían el placer frívolo para que los libre de la aburrida ceremonia cotidiana.

En fin, van y vienen los jóvenes, llenando el colegio, dándole el aspecto de un hormiguero perturbado, recibiendo en sus cuerpos la bendición de un sol químico y diáfano, esperando por el desenvolvimiento definitivo de la celebración. Unos de ellos probablemente entusiasmados por la idea de ser parte de algo, otros pregonando una sabia indiferencia al respecto. Todos llevando en sus aspectos limpios y ordenados la mancha de sus temperamentos inestables, la llaga de la incansable búsqueda de independencia interrumpida por el bienestar del apoyo y el respaldo, la pústula de la inexorable rebeldía apagada por el deseo impertérrito de seguridad y tres comidas al día, la roncha de las ansias enfermas de ser querido y al mismo tiempo evitar el calor amistoso por no considerarse aptos o merecedores de él.

Napoleón Alexander Palacios (San Salvador, 1978), se graduó en 1996 y estudia Profesorado en Lenguaje y Literatura. Interrogado sobre su percepción de la literatura, responde: "Escribir un cuento es exactamente igual a resolver una ecuación cuadrática, pero por completo distinto... la moraleja de ésta se me escapa".


Presentación

La sombra
(Mauricio Alfredo Amaya)
La seducción del próximo abismo
(Leonor Michelle Hernández)
Ensueño
(María José Martínez)
Paso
(Carlos Eduardo Chang)
La existencia murmurante
(Noelia Rodríguez Aguilar)
Y sigo aquí
(Jaquelin Verónica Flores)
Cuando el alma arde
(Alberto Valiente Thorensen)
Crónicas de un tiempo nuevo
(Lauri Cristina García)
Aroma de lirio blanco
(Iris Iveth Monge)
Los promiscuicidas
(Napoleón Alexander Palacios)

Nómina de ganadores
1996-2000



Ganadores de cértámenes literarios
1996-2000

Clave de los premios:

Número 1, 2 ó 3, o letra "M" significa el lugar obtenido:
primero, segundo tercero o mención de honor.

PT, PB, NB, NT significa:
poesía, narrativa o ensayo, de tercer ciclo o bachillerato según la inicial.

91 a 95 corresponde al año en que obtuvo el galardón.

7, 8, 9, 1, 2 ó 3 corresponde al grado o curso en que se encontraba en ese año.

Por ejemplo: la clave 1·PB·91·2 significa que obtuvo el primer lugar en poesía de bachillerato en 1991, estando en segundo año de bachillerato.

Aguilar, Leonardo [2·p·98·9]
Albanez, Angel [M·pb·99·2]
Alvarado, Brenda [M·pb·96·2]
Amaya, José [3·nb·96·3 M·pb·96·3]
Amaya, Mauricio [1·nt·97·8 1·n·98·9 1·nb·99·1 M·nb·00·2]
Aparicio, Herson [M·pb·00·2]
Arévalo, Fernando [M·nb·97·3]
Arias, Nancy [M·pt·96·8]
Ascencio, Marisol [M·pb·00·2]
Ascensio, José [M·pt·00·8]

Bermúdez, Emilia [M·pt·97·7]

Calderón, Heisel [M·n·98·9]
Castaneda, Guisela [M·p·98·8]
Chang, Carlos [M·n·98·9 2·pb·99·1 M·nb·99·1 1·nb·00·2]
Chávez, Karla [1·nt·96·9 2·nb·97·1]
Chinchilla, Carlos [1·nt·99·9]
Costa, Francisco [3·n·98·2 M·p·98·2]

Escalante, Dinorah [M·p·98·2]
Escalante, Liza [M·pt·97·8 M·p·98·9 M·pb·99·1]
Escoto, Ana [M·nb·00·2]

Flores, Jaquelin [1·pb·00·2]

García, Edgardo [M·p·98·9 M·pb·00·2]
García, Lauri [3·pb·96·2 1·pb·97·3]
Gómez, Félix [M·nb·96·3]
Grande, Liliana [M·pt·96·7]
Guardado, Ana [2·nt·99·9]
Guardado, Norman [2·pt·99·8 3·nt·99·8 1·pt·00·9 M·nt·00·9]

Hernández, Carlos [M·pb·99·1]
Hernández, Javier [M·nb·97·3]
Hernández, Laura [2·nt·96·7 M·pt·97·8]
Hernández, Leonor [1·pb·96·3]

Interiano, José [M·pb·97·1]

Magaña, Carlos [M·pb·96·2]
Martell, Allan [1·pt·99·8 M·pt·00·9 1·nt·00·9]
Martínez, María [2·nb·96·2 2·pb·97·3]
Martínez, Roberto [M·pb·99·1]
Mena, Lorena [M·nt·97·8 2·n·98·9 2·nb·99·1]
Molina, David [M·pt·99·9]
Monge, Iris [1·pt·96·8 2·pt·97·9 1·p·98·1]
Morales, Oscar [M·nb·97·2]
Moreno, José [M·pt·99·9]

Nolasco, Aracely [M·p·98·8]

Palacios, Napoleón [1·nb·96·3]
Peña, Esther [2·pb·96·2 3·nb·96·2]

Quintanilla, Lourdes [M·pt·97·8 M·p·98·9 2·nb·00·2]

Ramírez, Sara [M·nb·97·3]
Rauda, Illich [2·nt·97·9 M·n·98·1 M·nb·99·1]
Rauda, Karla [3·pb·96·3]
Reyna, Andrea [M·pt·99·8]
Rivas, Jenniffer [M·p·98·9]
Rivera, Karen [M·pb·97·3]
Rodríguez, Noelia [1·pt·97·9 3·p·98·1 1·pb·99·2]
Romero, Bárbara [2·pt·96·8 M·n·98·1 M·pb·99·2]
Romero, Wendy [M·pb·99·1]

Valiente, Alberto [M·pb·97·2 1·nb·97·2]
Valladares, Giannina [M·p·98·9]
Velasco, Dora [M·pb·97·3]
Velásquez, René [M·nb·99·1 M·nb·00·2]
Viéytez, Gracia [M·n·98·9]


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